El Olor y la memoria

Foto: Sandra Sue

¿Se imaginan que su memoria recordase la cara de una persona vista sólo una vez en la Puerta del Sol entre miles de otras más, veinte años después? Pues de alguna manera eso es lo que consigue hacer nuestro sentido del olfato. Podríamos haber olido un perfume hace 20 años en una mujer desconocida y fugaz y no lo olvidaríamos jamás, aunque no lo recordemos de un modo consciente; pero en el momento en que alguien nos lo acerque a la nariz, años después, recordaremos lo olido con la impronta indeleble del momento en que lo percibimos por primera vez.

Antes de oler algo por vez primera, ese olor no significa nada para nosotros, nuestra mente es una “tabula rasa”, una hoja en blanco, pero en el mismo momento en que olemos un olor, nuestra memoria lo une indefectiblemente a la situación emocional y existencial en la que ese olor ha sido percibido. Es decir, si hueles un perfume el día en que te han citado en el hospital para operarte un crecimiento que te ha salido en la espalda, por ejemplo, es más que probable que el olor quede atado emocionalmente al miedo y a una cierta sensación de vejez anticipada. El olor nos parecerá desagradable. Si ese mismo perfume lo hubiéramos olido en la increíble mujer que nos encontramos en el ascensor de vez en cuando, con una boca de infarto, un cuerpo inimaginable y ojos felinos de gata esquiva, el perfume quedaría grabado a fuego en la memoria como el perfume de la juventud y la belleza.

Por esa razón existe lo que yo llamo la etiqueta perfumística de “señora mayor” o “señor de pelo en pecho”. Estas etiquetas se las adjudicamos a cualquier olor que llevó algún hombre o alguna mujer que olimos siendo pequeños y que no quedó unido al cariño, el deseo, la nostalgia, el primer amor o cualquier otro sentimiento favorable que hubiera inclinado la balanza en el lado de la percepción positiva. Simplemente era un olor que alguien veinte años mayor que nosotros llevaba como perfume. Por tanto, y desde nuestra perspectiva infantil, era un viejo o vieja el que lo llevaba. Por eso existen las modas también en lo que a perfume se refiere y tiene que haber una ruptura generacional entre los perfumes de los padres y el de los hijos. Si en los ochenta, predominaban olores fuertes, orientales, sexuales y diferenciados en cuanto a género, quince o veinte años después serán aéreos, andróginos, discretos y cristalinos.

Si uno hiciera el experimento de dar a oler un perfume de 1900, en perfectas condiciones, a una persona en 2060, en un entorno aséptico en todos los sentidos, un perfume que por edad fuera imposible haber olido, ni en una abuela, madre o tía, lo olería con objetividad, podría apreciarlo, porque ningún recuerdo enturbiaría su percepción; lo olería como olería una flor exótica, sin un condicionante emocional. Pero las etiquetas son revisables y pueden, si uno les da la suficiente atención, cambiarse. He detestado un perfume en un momento y lo he amado un mes después, oliéndolo a solas, concentrando mi atención en él como en una obra de arte única. También me he acostado con un perfume en la muñeca que me parecía magnífico y me he levantado segura de que jamás lo iba a volver a usar. ¿Quién ha cambiado, el perfume o yo? Los dos. He ahí el secreto.

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